El día que el coche me hizo un favor
Por Juan Lareo
El 5 de febrero de 2026 nevaba sobre Pesquera del Duero. Bueno, no nevaba exactamente: llovía agua-nieve, esa cosa desagradable que no es ni lo uno ni lo otro, que te cala hasta los huesos y no tiene ni la gracia de ser un paisaje bonito. Mi coche llevaba unos kilómetros comportándose raro, y justo en un camino entre viñedos —sin cobertura, sin nadie— decidió que hasta aquí habíamos llegado.
Allí estaba yo, en el arcén, con el capó abierto, mirando el motor como si supiera lo que estaba mirando. No lo sabía. No sé nada de mecánica. Miro los motores igual que miro los partidos de balonmano: con cara de concentración pero sin entender nada. Llovía. Yo tiritaba. Estaba planteándome opciones cuando apareció un coche, frenó, y salió un hombre con paraguas.
— Métete conmigo. Llamamos a la grúa desde mi bodega.
Yo, aturdido y empapado, le di las gracias a trompicones y me monté. Le dije que me llamaba Juan Lareo. Él se presentó: Emilio Lubiano.
A los tres minutos giramos por un camino que yo no habría visto en la vida y apareció un edificio. Moderno. Minimalista. Limpio como un guante en medio del campo. En la fachada leía, en letras grandes:
Bodegas Dominio Lubiano.
Coño.
Emilio me metió dentro, me trajo toallas, y me hizo sentar en lo que resultó ser un winebar integrado en la propia bodega. El café llegó caliente, yo empecé a descongelarme, y mientras me lo bebía con las dos manos para entrar en calor, este hombre empezó a contarme una historia.
Más de 25 años trabajando. Él, empresario de toda la vida, hijo de agricultores y viticultores, con una distribuidora de vino familiar. Su mujer, Mónica Peñas, sommelière y enóloga. El sueño de los dos: un día, sus propias viñas, su propia bodega. No un proyecto heredado, sino construido desde cero, con sus propias manos y sus propias uvas.
En 2020 lo hicieron. Primera vendimia en instalaciones propias. 43 hectáreas en la Milla de Oro de Ribera del Duero —el término de Pesquera del Duero, entre Vega Sicilia, Pingus y Alejandro Fernández— en cultivo ecológico, Tempranillo 100%, con parcelas dispersas por pagos con nombres que suenan a novela: El Pozo, La Turquía, El Olivo, Fuente la Salud… y Caminos Blancos.
Yo seguía con el café. No me lo podía creer.
Mientras esperábamos al mecánico, Emilio me puso una copa.
— Prueba esto.
Dominio Lubiano 6 Meses. Tempranillo puro, cosecha 2021, seis meses en barrica. Color muy cubierto, mucha capa, nariz frutal brillante. En boca, sorpresa: más complejo de lo que el precio te haría esperar. Un vino de entrada que no te hace ningún favor comparado con vinos de veinte euros más, porque está muy por encima.
Llegó Mónica con una bandeja de quesos de la zona —quesos de verdad, de los que huelen a algo— y abrió la siguiente botella.
Dominio Lubiano 14 Meses. Mismo Tempranillo, misma cosecha, pero el tiempo en madera lo había transformado. Más estructura, más personalidad, más potencia. Y lo más fascinante: iba ganando con cada minuto. A los diez minutos de estar en la copa era otro vino. El oxígeno lo abría como una flor. Hablamos de la bodega, de los viñedos, de la complejidad que da tener parcelas a distintas alturas —entre 740 y 930 metros, el 90% en ladera—, con orientaciones distintas, con edades de cepa que van de los 25 a los más de 50 años.
El mecánico llamó. Fallo eléctrico. Una tontería. El coche estaba arreglado.
Emilio no me dejó marchar.
— Quédate a comer.
Las banderillas de lechazo llegaron a la mesa y yo casi lloro. No de emoción, de sabor. Y entonces Emilio trajo la tercera botella.
La Edición Limitada. Tempranillo 100%, cosecha 2021, 20 meses en roble francés nuevo. Del pago Plana del Duero. Me dijo que generalmente no llegan a las 5.000 botellas.
Puedo jurar —y yo he bebido muchos vinos, y vinos muy caros— que nunca había probado algo así. Elegante y potente al mismo tiempo, sin que ninguna de las dos cosas se coma a la otra. Frutal pero con una estructura que te hace pensar. El tipo de vino que no necesitas explicar: lo pruebas y ya está.
Mónica se puso a hablar de los detalles técnicos de la elaboración, que son fascinantes si eres enólogo y probablemente aburridos si no lo eres, así que los omito. Os digo solo que esta mujer sabe exactamente lo que está haciendo.
Entonces Emilio salió y volvió con una botella diferente.
— Caminos Blancos.
— Qué bien —dije yo—, así pruebo también el blanco.
Me miró.
— Es tinto.
Descorchó la botella y empezó a salir un vino con un color que yo no había visto en mi vida. Rojo brillante, intenso, casi violáceo. Denso. Precioso.
Me explicó: Caminos Blancos es el nombre de uno de sus pagos propios. Las viñas más antiguas de la finca, las que plantó el abuelo de Emilio, en la parte más alta de la ladera. El suelo allí es muy alcalino, arcilloso-calcáreo, y en ciertas temporadas se pone blanco de verdad —de ahí el nombre. No es poético, es literal.
24 meses de crianza en barrica de roble francés nueva. 15,5 grados de alcohol. Yo lo miré con respeto antes de probarlo.
No me defraudó. Potente, sí, pero ensamblado de una manera que hace que los 15,5 grados casi no se noten. Se bebe con una facilidad que da miedo. Tenía profundidad, taninos maduros, fruta oscura, y una persistencia que te deja callado un momento antes de hablar.
Me quedé callado un momento antes de hablar.
Se hizo de noche sin que nos diéramos cuenta.
Emilio y Mónica insistieron: no era plan de coger el coche. Tenían una casa rural a 100 metros de la bodega. Dormí allí.
A la mañana siguiente desayuné con vistas al viñedo de Caminos Blancos. La tierra estaba blanca de escarcha. Entendí el nombre todavía mejor.
Esta historia es la más increíble que me ha pasado nunca en el mundo del vino. Un coche averiado, un hombre con un paraguas, y cuatro botellas que no olvidaré.
Si quieres probar los vinos de Dominio Lubiano —el Roble de 6 meses, los 14 Meses, la Edición Limitada o ese Caminos Blancos que parece blanco y no lo es—, los tienes en mi colección.
Algunos días el coche te hace un favor.
Juan Lareo Selección Gourmet — vinos con historia, para gente curiosa.