Historias del Vino

Mi primer viaje a Borgoña (III): La joyera

Al tercer día ocurrió algo que jamás habría esperado.

Aquella mañana había salido a caminar sin rumbo por las calles de Pommard. Me gustaba perderme entre las casas de piedra, observar los escaparates y dejar que el tiempo pasara despacio.

No sé por qué me detuve frente a una pequeña joyería artesanal.

Quizá fue el escaparate. Quizá fue el destino. Quizá simplemente necesitaba encontrar algo hermoso en un momento de mi vida en el que casi todo parecía roto.

Al levantar la vista la vi.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cuarenta años. Tenía un cabello rubio que brillaba con la luz de la mañana y unos ojos azules tan intensos que me recordaron al mar Caribe que había visto años atrás.

Entré.

Con mi francés rudimentario intenté preguntarle a qué se dedicaban exactamente.

Ella sonrió.

—¿Eres español? —me dijo en un castellano sorprendentemente correcto.

Aquello me desarmó por completo.

Me explicó que su familia llevaba cuatro generaciones dedicándose a la joyería artesanal. Cuatro generaciones. En una región donde todo parecía medirse en siglos y no en años.

Mientras hablábamos observó mi rostro durante unos segundos.

No recuerdo las palabras exactas. Han pasado muchos años. Pero sí recuerdo perfectamente lo que sentí.

Sacó un pequeño colgante de una vitrina y me dijo algo parecido a:

—Esto es para personas como tú.

Me quedé mirándola sin entender.

Entonces se levantó.

Era una mujer alta, elegante, con una serenidad difícil de describir. Tenía esa belleza que no llama la atención por estridente, sino por luminosa.

Rodeó el mostrador, se acercó a mí y colocó el colgante alrededor de mi cuello.

Después me miró fijamente.

—Se ve que has sufrido mucho —dijo suavemente.

Recuerdo que me quedé en silencio.

—Tienes los ojos tristes. Como si una parte de ti hubiera dejado de creer.

Aquellas palabras me atravesaron.

No sabía nada de mí. No conocía mi historia. No sabía que acababa de pasar los años más difíciles de mi vida. No sabía nada de la muerte de mis padres, ni del divorcio, ni de la inseguridad que me acompañaba entonces.

Y sin embargo, de alguna manera, parecía verlo todo.

Me dijo que aquella pieza era una protección contra la envidia, contra la mala intención y contra las personas que intentan apagar la luz de los demás.

Hoy, tantos años después, sigo sin saber si hablaba del colgante o de mí.

Pero nunca olvidé aquel encuentro.

Porque algunas personas aparecen en nuestra vida apenas unos minutos y, sin embargo, dejan una huella más profunda que otras a las que conocemos durante años.


Si este viaje te ha despertado la curiosidad por los grandes vinos de Borgoña o por las pequeñas bodegas familiares que elaboran con ese mismo criterio, echa un vistazo a mi selección. Cada vino que encontrarás allí ha pasado por la misma prueba que aprendí entre aquellos viñedos de Pommard: o convence en mesa, o no está.

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