Mi primer viaje a Borgoña (IV): Cécile
Tardé unos segundos en reaccionar.
Todavía tenía el colgante alrededor del cuello y sus palabras instaladas en algún lugar que no supe identificar. No era el pecho exactamente. Era algo más interior. Como cuando una frase te alcanza donde no esperabas que pudiera llegar.
Entonces ella extendió la mano con naturalidad, como si lleváramos horas conociéndonos.
—Me llamo Cécile —dijo.
Hay nombres que te suenan nada más escucharlos. Cécile era uno de ellos. Suave, con esa cadencia francesa que convierte cualquier palabra en algo parecido a una melodía breve. Lo pronunció sin afectación, sin que pareciera necesitar ningún adorno. Solo su nombre. Solo ella.
Le dije el mío. Nos dimos la mano. Y sin que ninguno de los dos lo planificara ni lo buscara, nos pusimos a hablar.
No sé exactamente cómo ocurrió. Empezó con preguntas sencillas: de dónde era yo, qué hacía en Pommard, cuánto tiempo llevaba en la región. Mis respuestas fueron más largas de lo habitual. Las suyas también. Había algo en aquella pequeña joyería, entre vitrinas llenas de piezas delicadas y el olor suave a madera antigua, que invitaba a no tener prisa.
En algún momento le pregunté cómo era que hablaba tan bien el castellano.
Sonrió de una manera que ya empezaba a reconocer. No era una sonrisa de satisfacción ni de orgullo. Era una sonrisa de las que salen solas, de las que no se fabrican.
—Estudié medicina —me dijo.
No esperaba esa respuesta.
Me contó que había llegado hasta el penúltimo año de carrera, en Lyon. Que sacaba muy buenas notas. Que sus profesores hablaban bien de ella. Que el futuro que le pintaban desde fuera era brillante, ordenado, seguro. El tipo de futuro que desde fuera parece perfecto y desde dentro puede convertirse en una jaula muy bonita.
Pero que en ningún momento de aquellos años había sido feliz.
—Cada mañana me levantaba —me dijo— y algo dentro de mí sabía que aquel no era mi sitio. No lo decidía mi cabeza. Lo sabía algo más hondo. Algo que no tiene nombre pero que cuando habla, habla claro.
Escucharla me resultó extrañamente familiar. Había algo en sus palabras que resonaba en mí de una manera que no esperaba. Quizá porque yo también había pasado años ignorando ese tipo de voces interiores. Quizá porque los dos, cada uno a su manera, habíamos llegado a Pommard después de haber dejado algo atrás.
Un día, a falta de un año para terminar la carrera, Cécile tomó una decisión.
Dejó la facultad. Hizo las maletas. Volvió a Pommard. Cogió el mandil de su padre, que había cogido el mandil de su abuelo, que había cogido el mandil de su bisabuelo.
Cuatro generaciones de joyeros artesanales en una región donde el tiempo se mide de otra manera. Donde las cosas se hacen despacio no porque no haya prisa, sino porque se cree profundamente que lo que merece la pena no admite atajos.
—¿Y no te arrepientes? —le pregunté.
Me miró como si la pregunta le resultara, en el fondo, innecesaria. No con impaciencia. Con esa serenidad de quien ya no necesita convencer a nadie de nada, ni siquiera a sí mismo.
—Cada día que paso aquí sé que tomé la decisión correcta —dijo—. No siempre es fácil. Pero es mía. Y eso cambia todo.
Hubo un silencio. De esos que no incomodan.
Seguimos hablando. Del vino, de España, de lo que significa quedarse en el lugar de origen cuando el mundo te empuja hacia otro lado. De la diferencia entre una vida construida para los demás y una vida construida para uno mismo. De si es posible ser valiente sin que nadie te lo reconozca. De si la felicidad tiene algo que ver con las calificaciones que sacas o los títulos que cuelgas en la pared.
Hablamos de muchas cosas. O quizá de una sola, vista desde ángulos distintos.
En algún momento me di cuenta de que la luz había cambiado.
La tarde había entrado sin avisar. El sol ya no caía vertical sino oblicuo, rozando los tejados de piedra color miel de Pommard con esa calidez que solo tienen las últimas horas del día en verano. Habíamos hablado durante horas sin que ninguno de los dos lo hubiera advertido.
Cécile lo notó al mismo tiempo que yo.
—Tengo que cerrar —dijo, con una sonrisa de disculpa que no hacía ninguna falta.
Recogí mis cosas despacio. Le di las gracias, aunque en ese momento no habría sabido explicar bien por qué exactamente. No solo por el colgante. No solo por la conversación. Por algo que no tiene nombre pero que se nota cuando ha ocurrido.
Ya estaba en la puerta, a punto de salir a la calle, cuando me llamó.
—Oye.
Me giré.
Estaba apoyada en el mostrador, con los brazos cruzados y esa expresión tranquila que parecía no abandonarla nunca. La luz de la tarde le daba en la cara de lado. El cabello rubio brillaba todavía.
—Mañana, si quieres, puedo llevarte a conocer dos o tres bodegas —dijo—. No las que salen en las guías. No las que buscan los turistas. Las que solo conocemos los de aquí. Las que llevan décadas elaborando algunos de los mejores vinos de esta región sin que casi nadie fuera de Pommard lo sepa.
Hizo una pausa breve.
—¿Qué te parece?
No tardé ni un segundo en responder.
Si este viaje te ha despertado la curiosidad por los grandes vinos de Borgoña o por las pequeñas bodegas familiares que elaboran con ese mismo criterio, echa un vistazo a mi selección. Cada vino que encontrarás allí ha pasado por la misma prueba que aprendí entre aquellos viñedos de Pommard: o convence en mesa, o no está.