Mi primer viaje a Borgoña (I): El viaje
Junio de 2017.
Hacía tiempo que la vida me había puesto a prueba. Había perdido a mis padres, había atravesado un divorcio especialmente doloroso y mi confianza en mí mismo estaba por los suelos. Había días en los que apenas reconocía a la persona que veía en el espejo.
Fue entonces cuando tomé una decisión sencilla pero importante: coger lo poco que me quedaba y viajar a Borgoña.
No buscaba únicamente vino. Buscaba aire. Distancia. Silencio. Quizá también una forma de reencontrarme conmigo mismo.
Llegué el 24 de junio, día de San Juan, a Pommard, un pequeño pueblo rodeado de viñedos que parece detenido en el tiempo. No era una ciudad espectacular. No tenía grandes monumentos ni avenidas impresionantes. Tenía algo mucho más valioso: autenticidad.
Recuerdo las calles tranquilas, las casas de piedra color miel y la sensación de que allí la vida transcurría a otro ritmo. Los habitantes eran amables, discretos y educados. Nadie parecía tener prisa.
Después de preguntar en varios lugares encontré alojamiento en casa de una señora viuda de unos setenta y tres años. Para complementar su pensión alquilaba una habitación en su casa a viajeros como yo.
Aquella elección terminó siendo uno de los mejores recuerdos del viaje.
La habitación era sencilla pero acogedora. Cada mañana me despertaba con el aroma del café recién hecho y por las noches cenábamos en una cocina que parecía sacada de otra época.
La comida era completamente casera.
Fue allí donde descubrí algunos platos tradicionales de la región: el famoso boeuf bourguignon, cocinado lentamente durante horas en vino tinto; los huevos meurette, servidos con una intensa salsa elaborada con vino de Borgoña; los quesos de la región, especialmente el Époisses, de aroma potente y sabor inolvidable; y las mostazas artesanales que nada tenían que ver con las que conocía hasta entonces.
Todo era sencillo. Todo era auténtico.
Si este viaje te ha despertado la curiosidad por los grandes vinos de Borgoña o por las pequeñas bodegas familiares que elaboran con ese mismo criterio, echa un vistazo a mi selección. Cada vino que encontrarás allí ha pasado por la misma prueba que aprendí entre aquellos viñedos de Pommard: o convence en mesa, o no está.