Mi primer viaje a Borgoña (II): Los viñedos
Durante el día recorría los pueblos de la Côte de Beaune y de la Côte de Nuits. Nombres que cualquier aficionado al vino conoce de memoria: Meursault, Volnay, Beaune, Nuits-Saint-Georges, Vosne-Romanée o Gevrey-Chambertin.
Pero lo que más me impresionó no fueron los grandes nombres.
Fue descubrir que detrás de los vinos más prestigiosos del mundo no había lujo ostentoso ni marketing espectacular. Había pequeñas parcelas, familias enteras dedicadas a una misma viña durante generaciones y una obsesión casi religiosa por respetar el origen.
Aquellos viñedos me enseñaron algo que todavía hoy sigo creyendo.
El gran vino no nace de una bodega enorme ni de una etiqueta llamativa. Nace de una tierra concreta, de una historia concreta y de personas que creen profundamente en lo que hacen.
Quizá por eso aquel viaje significó mucho más que unas vacaciones.
Mientras caminaba entre los viñedos de Pommard, sin darme cuenta, también estaba reconstruyendo algo dentro de mí.
Y eso nunca lo olvidaré.
Si este viaje te ha despertado la curiosidad por los grandes vinos de Borgoña o por las pequeñas bodegas familiares que elaboran con ese mismo criterio, echa un vistazo a mi selección. Cada vino que encontrarás allí ha pasado por la misma prueba que aprendí entre aquellos viñedos de Pommard: o convence en mesa, o no está.